DND – No molestar.

Se sentía como terciopelo el recorrido de su dedo por mi espalda, inundándome de un incómodo placer, de esos que quieres repetir. Tomé mi silla e intenté acercarme a él sin entorpecer su recorrido, dejándole en claro mi total aprobación a su actuar. Era algo que no debía pasar, ambos lo sabíamos, pero era algo […]

Se sentía como terciopelo el recorrido de su dedo por mi espalda, inundándome de un incómodo placer, de esos que quieres repetir. Tomé mi silla e intenté acercarme a él sin entorpecer su recorrido, dejándole en claro mi total aprobación a su actuar. Era algo que no debía pasar, ambos lo sabíamos, pero era algo inevitable, también ambos lo sabíamos. Nos habíamos sentado en la mesa del fondo del restaurante, esas mesas vip que ocultan a sus comensales de distintas formas. Desde el inicio sabíamos que todo iba a terminar así, indebidamente. Su recorrido llego a su final. Mi falda, con esa tela traviesa, detenía su andar.  Sus ojos se clavaron en los míos y casi se podía oír el jadeo de nuestra respiración, más el silencio entre nosotros era brutal mas no incomodo, sino que sugerente en su forma más pecaminosa. Sentía como mis músculos se tensaban mientras otros se relajaban, esa sensación que te hace cerrar los ojos para solo sentir como se va encendiendo cada milímetro de tu cuerpo. Sentía la silla, las contracciones de mi sexo, la humedad y como, en cada respiración, llevaba en olas el deseo desde la silla a mis hombros. Mi cerebro estaba totalmente intoxicado de deseo, no lograba pensar en nada mas que en que le haría. Se nos acerca la mesera y nos pregunta si queremos ordenar algo más, a lo que yo le respondí: un DND por favor.  Ella asintió, retiró todo de la mesa y cerro tras de ella la puerta. El tenía una mirada mixta entre desconcierto por mi petición a la mesera como también de alivio al vernos encerrados solos.  Moví la mesa y me senté sobre él con mis dos manos en su cara. El con sus brazos me acercó a él mas aun, si es que era posible y lo besé profundo intoxicándolo con mi infiero más, para mi sorpresa, la intoxicación era mutua. Sus manos bajo mi blusa abrazando mi cintura y yo levantando los brazos para que él la quitara. Mis manos se pusieron a la tarea de liberar de su prisión a mi objeto de deseo, le quité el cinturón dejándolo cuidadosamente sobre la mesa, abrí esos botones tensionados y me detuve a solo mirarlo. Me levante solo un poco y el alzó su cadera al mismo tiempo que bajó sus pantalones lo suficiente para que ese infierno se luciera a través de una rigidez que invitaba como un puzle a su pieza faltante. Ahora con sus manos en mis caderas yo tomaba posesión de ese infiero rígido que no hacía mas que tentar mis ganas. Tragándonos los gemidos comenzó el baile: mis caderas iban y venían, olas en la orilla, algunas veces más fuertes y otras suaves, mas sin detener su ir y venir.  Su mano callaba su boca, yo me mordía los labios. Tomé el cinturón y lo usé en su cuello. Él sorprendido más complaciente se dejó.  Me levanté y dándole la espalda, me tumbé sobre la mesa abriendo mis piernas, logre alcanzar el extremo del cinturón y lo acerque a mi tirando de su cuello.  El me penetró profundo una y otra vez al ritmo que marcaba mis jalones del cinturón. Solté el cinturón y habiendo él entendido ya mi intensidad comenzó a embestirme profundo, fuerte y yo callaba mi boca. Una y otra vez, mas calor en cada embestida, una y otra vez, mas y mas calor, empezaba a perder el total control de mi deseo. Mi cuerpo se tensaba, mis manos se aferraban con la vida al borde de la mesa, si era posible, él se sentía cada vez mas grueso, llamando con su roce constante al implacable al clímax. En una embestida digna de un gran final estallamos en miles de gritos silenciosos, mas para mi sorpresa aún había rigidez en él y no perdí segundo en darme un gusto. Arquee mi espalda para tomar su mano y llevar su dedo a mi estrechez e invadirla con él. Esto debía ser un ritual silencioso, él entendió de inmediato y suavemente comenzó  abrirse paso por las distintas etapas de mi estrechez. Ese bendito, adictivo y endemoniado placer del dolor correcto, lo pedía, lo deseaba, disfrutaba de cada etapa de su recorrido. Ese juego de penetraciones tímidas y cautelosas que me dejaban anhelando la próxima embestida. Y finalmente ese glorioso momento en el que mi estrechez se rinde a su rigidez abriendo todo su paso a la profunda embestida, yo no podía contener mas mis gemidos, mi mano era una ventosa que intentaba acallar el placer que sentía. Él dejaba en evidencia su maestría en estos recorridos manejando la dosis perfecta de dolor para convertirlo en placer. Mas él llegaba a unos niveles de intoxicación que le hacían perder el control y la cordura, entregándome el cinturón para que le marcara los ritmos a mi antojo. No tardó mucho mas para que su descontrolada rigidez descargara todo ese clímax dentro de mí, desmoronándose sobre mi espalda. Era algo que no debía pasar, era inevitable. Nos acomodamos, como si nada hubiera pasado, y yo presioné un botón escondido en el muro.  Minuto después abre la puerta la mesera ofreciéndonos algo para tomar o si queríamos la cuenta. Le pedí la cuenta. Todo estaba dicho. Lo acompañé a su taxi mientras me despedía. Era algo que no debía pasar, era inevitable.   Regrese a la misma mesa, ya limpia mas sin montar aún.  Me senté, aun sin exorcizar todo mi infierno, y se acercó la mesera. “Ya cerro la cocina y estamos cerrando el local” me dijo “Te quedan más mesas?” le pregunte. “No, ¿por qué?” me respondió Le sonreí, y mientras le guiñaba el ojo, le pregunté: “¿DND?” Ella sonrió, se retiró por unos segundos, al regresar, cerró tras de ella la puerta y trabándola. Me levanté y fui directo a su cuello que olía dulce, delicioso. Ella me sentó sobre la silla y se sentó sobre mí, dejándome listos esos hermosos y voluminosos pechos, listos para ser devorados. Con mis dos manos subí su polera y bajé su sujetador. Mis labios saborearon cada uno de ellos en todo su esplendor, mas yo ardía y mi cuerpo gritaba por satisfacción. La levanté, subí mi falda y abrí mis piernas. Ella se hincó, mis manos a su nuca y la lleve a mi humedad donde ella se dio un festín. Yo sentada en el borde de la silla daba acceso a todas mis formas de placer. Ella me llevaba y traía del placer a su antojo, me retorcía de placer, hablaba el mismo idioma que mi clítoris y acentuaba esa conversación penetrando mi estrechez al mismo tiempo. Mi mano salió de su nuca para aferrarse a la silla, cada vez presionando mas y mas fuerte la silla. Era un golpe de placer que mi cuerpo debatía si podría con más. Un golpe tras otro se hacía la misma pregunta hasta que de pronto todo se volvió blanco al mismo tiempo que se izaba mi cadera, mi cuello no sabía si debía ir hacia adelante o atrás, no podía pensar nada, ya todo era blanco y un fuerte estallido de placer logró exorcizar todo mi infierno.  Rendida me deshice sobre la silla.  Ella me besó y salió del box, cerrando la puerta tras de ella. Recobre la compostura, tome mis cosas dejando sobre la mesa una buena propina, y le dije en la puerta: “Nos vemos el otro sábado”

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